Black Christmas

Black Christmas
Bob Clark
1974

Ya todo el fandom parece tener claro que Black Christmas fue el primer slasher moderno, cuatro años antes de que John Carpenter rodara La noche de Halloween. En él aparecen todos los elementos que, a pesar de no encajar con tanta perfección como en la obra maestra de Carpenter, ya configuran el género: tipología adolescente (aunque con variantes muy propias de un iconoclasta como Bob Clark) funcionando como rosario de víctimas, traumas paterno-filiales rescatados y rebozados de Psicosis para explicar la psique del asesino (y que se acentuarían en el remake de 2006), y ambientación en una festividad significativa. Clark siempre se quejó de que Carpenter le robó la idea para una secuela, que estuvieron comentando antes de que se rodara La noche de Halloween: Clark quería ambientar Black Christmas 2 en Halloween, con el asesino Billy recién escapado del psiquiátrico. Cierto o no, la verdad es que Black Christmas funciona como gozoso precedente de uno de los subgéneros más codificados de los ochenta, y a menudo parece consciente de ello, fijando con firmeza todas estas constantes, pero aún dudando en muchas otras que parecen pertenecer a otros mundos: por un lado, picotea de los thriller psicológicos británicos de los sesenta y setenta, al que le debe ese olor a madera ardiendo y esa ambientación extrañamente cálida, por no hablar de la obsesión por la corrupción dentro del núcleo hogareño. Por otro, anticipa sorprendentemente ciertos resortes narrativos, pero sobre todo, expresivos, del giallo. La abundancia de planos subjetivos, deformados, acciones paralelas y el empeño en poner al espectador en la piel del criminal suele relacionarse con el justamente famoso plano con el que arranca La noche de Halloween, pero es inevitable no pensar en los maestros italianos y en su obsesión por situarse dentro de la psique corrupta.

Es cierto que las irregularidades de Black Christmas le arrebatan el papel que le correspondería como pionera indiscutible del género, pero en ellas están sus más desconcertantes virtudes. El final ambiguo y bobo (culminación, esencialmente, de una historia de acoso de un psicópata a una residencia universitaria de jovencitas a través de obscenas llamadas telefónicas), por ejemplo, tan discutido por lo críptico, le da un componente onírico e irreal a la trama. Los momentos de humor no son siempre apropiados, pero cuando funcionan, colocan a Black Christmas en su debida perspectiva de entretenimiento macabro (curiosamente, una de las secuencias, en la que dos policías se burlan de un compañero que ha interpretado como correcto el prefijo telefónico FELATIO se repite en más de un punto en la soberbia comedia de Clark Porky’s). La tensión abrupta y carente de ritmo, en fin, contribuye a esa extraña construcción del clima que tiene Black Christmas: tengan en cuenta que nada más empezar, muere una chica, y su desaparición desata las sospechas de sus compañeras tras medio metraje sin percatarse de su ausencia y de que están siendo observadas… y el cadáver de esa chica, que nunca es encontrado, observa en silencio las peripecias de sus compañeras. No es extraño que tenga tanta presencia en el cartel. El género, en años posteriores, acabaría centrándose en el asesino, pero hasta en esa turbia inversión de roles es rara Black Christmas. También es rara la inversión de roles de la puta y la virgen, que en otras películas se salva del asesino. Aquí la virgen es la primera víctima, y la puta, la protagonista. Una falta de moralina que ya empapaba las primeras películas de horror de Clark, y lo hará incluso en las comedias posteriores. 

Extraña, arrítmica, surreal y potente, Black Christmas hace suspirar por un componente subversivo y desgarrador que el género perdió al encontrarse con otras características igualmente estimables, pero mucho menos imprevisibles. Al fin y al cabo, eran los setenta, era Navidad, era el director de Children Shouldn’t Play with Dead Things y era Canada. Si eso no es imprevisible…

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