Criaturas asesinas


The Deadly Spawn
Douglas McKeown
1983

Amigos, para mí es un auténtico honor inaugurar el año con una película que no es una modernez de sanguinolencia afrancesada (que también está muy bien) ni un thriller aséptico de gente encerrada en algún sitio con tuberías. Mi primera película del año y, por tanto, mi primera crítica, es mucho más afin al espiritu acelerado, necio y contundente de Dosis Mínima: una producción de serie Z nada menos que del año 83 que simboliza y representa a la perfección todo lo que nos gusta del cine de horror: fijación por el apocalipsis físico, efectos artesanales, cortes de mangas a las convenciones narrativas del género y fondo sodomizando ruidosamente a la forma.

The Deadly Spawn se rodó gracias al empeño de su director y guionista Douglas McKeown durante los fines de semana de tres largos años, en la casa de uno de los productores (nada menos que Tim Hildebrant, el popular cartelista norteamericano, y padre del niño protagonista). Se trata de una labor de amor que permea todos y cada uno de los fotogramas de este clásico menor del presupuesto cero, y que se palpa en las virtudes más obvias de la película. Es decir, los honestos y cariñosos homenajes a las monster movies de toda la vida y el espeluznante diseño de los monstruos, posiblemente uno de los más rotundos de la década de los ochenta, una especie de mezcla de Critter y La Cosa, todo dientes, babas y látex. No hace falta ser ningún experto en serie B para disfrutar con la devoción por el género que supura The Deadly Spawn: sangre (roja, brillante y grumosa), dicharacheros efectos especiales para las excesivas muertes y factura más que digna en los apartados en los que fallan otras películas como ella (empezando por el reparto, que a diferencia de lo que siempre se ha estilado entre los actores amateur de cine de miedo, aquí se hace querer).

Pero es que además, Criaturas Asesinas nos regala algunas sorpresas adicionales, sorpresas de las que no se sabe muy bien la causa, si las limitaciones presupuestarias o el exceso de ingenio. Por ejemplo, hay una notable concisión de las coordenadas espacio-temporales. Toda la acción se desarrolla dentro de una casa, y el argumento va desgranándose a tiempo aproximadamente real. Y así, cada actor no llega a moverse más que por un par de decorados, y en sentido estricto, cada personaje se limita a un par de diálogos y un mero cambiar de habitación para, simplemente huir del monstruo. Porque de eso va la película: de un puñado de personas que huyen de un monstruo del espacio exterior. Eso dota a la película de cierta abstracción conceptual que realza sus valores. Y no es todo: la película se resiste a acogerse a los recursos tópicos del género cuando, por ejemplo, uno de los personajes principales, después de una secuencia tras la que parece que sus acciones van a condicionar el resto de la película, es atacado por el monstruo, decapitado, y su cuerpo inerte y sin testuz es escupido a la calle. La película se las ingenia, pues, para no moverse de sus estrictos códigos genéricos y sus monstruosas limitaciones presupuestarias, pero aún así, sacudir los sentidos y la conciencia del espectador, que puede llegar a sentirse algo estúpido cuando le es revelado con tanta sencillez que todo lo que consideramos habitualmente constantes del cine de género no son más que detalles innecesarios y banales que McKeown se ventila con suma habilidad. Porque al final, y se me ocurren pocos ejemplos más significativos que The Deadly Spawn, la serie B nos enseña que eso es lo importante: dejarse de mandangas.

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