Beowulf

Beowulf
Robert Zemeckis
2007

Es muy comprensible que la forma habitual de afrontar la crítica de Beowulf, una vez pasada la aburrida y coyuntural descripción de su fenomenología tecnológica (ya verás qué risa dan las críticas de Avatar dentro de un lustro), se centre en reseñar y criticar los cambios que Neil Gaiman y Roger Avary, dos guionistas que en frío no pueden inspirar más temor, efectúan sobre el poema épico original, clásico absoluto de la cultura anglosajona escrito entre los siglos VIII y XI. Y son abundantes: desde la desaparición de personajes a la humanización del héroe de férreo e impoluto carácter original, aunque las quejas se centran en los villanos de la función. Nunca estuvo claro, a causa de la vaguedad del poema original, qué aspecto tenía la madre de Grendel, si era una bruja, una guerrera o una diosa pagana, pero parece seguro que no era un pibón en pelotas. Del mismo modo, al convertirla en una seductora anfibia que se trajina en ciclos regulares a los reyes de la región, Grendel y el resto de su estirpe tienen relación carnal con los humanos, importante giro argumental ausente del poema épico que da al guión de Gaiman y Avary un trasfondo freudiano que convierte este Beowulf en un disparate: una parodia de Shakespeare siglos antes de que Shakespeare naciera.

De acuerdo, hay cambios. ¿Importan? El gran logro de Beowulf es que, pese a haber dotado de un fondo emocional (de manual, pero fondo al fin y al cabo) a sus personajes, la historia sigue siendo épica y bárbara. El guión original tenía un clímax dialogado entre Beowulf y su hijo dragón, pero cuando la película se reactivó en formato animado, Zemeckis animó a los guionistas a que hicieran una conclusión de acción pura, ya que no había restricciones presupuestarias. Me quejaba el otro día de que, a pesar de su deslumbrante factura técnica, a las set-pieces de acción de Avatar les faltaba, por su naturaleza infográfica, el avasallador instinto de apisonadora sensorial, el choque corporal y el pestazo a grasa y sudor que destacaba en otras películas de Cameron. Sin ser tampoco una película de la Cannon, a Beowulf no le afecta ese pecado: el clímax, en el que el héroe lucha por arrancar, a costa de la correspondiente automutilación, el corazón palpitante del pecho de su hijo escamoso, no funciona al nivel emocional que le hubiera gustado a un Gaiman cuya voz autoral por suerte no se distingue con claridad, sino a un nivel bruto, esencial, primigenio, que curiosamente conecta con la obra original de una forma salvaje e incivilizada, esquivando sin problemas las tetas de la Jolie y las chocheces de Anthony Hopkins. Tetas y chocheces que quedan, al final, como convenciones narrativas necesarias para que el público de multicines con sala 3D no se quede con la sensación de que ha presenciado una abstracción árida y desalmada.

Pero quien sepa ver, verá. Que por encima de las traiciones al texto original, todo lo que ha convertido a Beowulf en un jalón imprescindible de nuestra cultura está presente en la adaptación de Zemeckis. En enloquecidas secuencias de violencia, caos, sangre y destrucción, el espíritu violento, heroico y humano de Beowulf sigue siendo fascinante.

3 comentarios

  1. Pues sí, y es mejor que AVATAR…

  2. ¡Pero si las críticas de ‘Avatar’ ya dan risa ahora mismo!

    Yo a Zemeckis no me acercaba desde ‘Polar Express’, y ‘Beowulf’ me daba miedito del bueno, pero tal y como lo razona aquí me ha abierto las ganas. A todo esto, ¿qué tal la partitura de Silvestri aquí?

  3. Pues mal hecho, porque Cuento de Navidad, de la que ya hablé por aquí, también está requetebién.

    Silvestri bastante bien, a veces con exceso de fanfarria, pero vamos, lo normal.

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