Los archivos de Tones: Dolls

(Venga, compliquémoslo todo un poco más. En la sección Los Archivos de Tones, los fines de semana propongo rebuscar en mis archivos y recuperar textos publicados hace un millón de años que, aunque puedan estar caducos o pasados de moda, quizás ustedes les encuentren algún interés. Hoy, esta reseña de la película Dolls publicada en mayo de 2005 en El Focoblog)

Aún no sé hasta qué punto es contraproducente recuperar títulos que tenemos sumidos en la rosada neblina de la nostalgia. Siempre he sido partidario de dejarlos ahí, seguir pensando que Dentro del laberinto (la serie de la BBC de fantasías medievaloides, no la película) era la repanocha. Últimamente, y debido sobre todo a las agradables sorpresas que me han proporcionado algunas recuperaciones fortuitas (Ulysses 31 en cabeza), estoy más por la labor contraria: ya estamos mayorcitos, y si hay que sufrir algún shock que otro porque, demonios, Sport Billy era un tostonazo a pesar de la tiparraca verde, pues recibimos la colleja, y nos incorporamos guardando fuerzas para cuando nos llegue el DVD de El Gran Héroe Americano, que eso sí que va a ser duro. (Nota del Tones del presente: Acabó llegando, y ya hemos llorado todos)

Tuve que armarme de valor para recuperar Dolls, porque ya la venía recordando como una cosita simpática, pero irregular y con poca consistencia. Los momentos de pánico vividos cuando la vi por primera vez con quince años acabaron por vencer a cualquier otro reparo, y aunque la edición sueca con la que arramblé en Phenomena tiene una presentación preciosísima, de extras anda cortita la cosa, y me la zampé a pelo, sin subtítulos. ¿El resultado? Absolutamente ninguno. Ninguno reseñable, vamos. Por extravagante que parezca, la experiencia resultó idéntica a hace esos diecipico años que les decía, cuando la grabé por casualidad en el vídeo comunitario (¿recuerdan?) de mi hogar primigenio. Eso no puede ser del todo malo.

Dolls es la tercera película del equipo, aparentemente imbatible por aquel entonces, formado por el productor Brian Yuzna y el director Stuart Gordon. Ya habían rodado sus dos mejores películas juntos, Re-Animator y Re-Sonator, y decidieron cambiar radicalmente de tercio con el título que nos ocupa. Del disparatado ultragore circense de la primera y los surreales delirios post-neocárnicos de la segunda, pasaron a un terror clásico y amable, casi familiar. En Dolls, una serie de viajeros accidentados y un par de autoestopistas recalan en una tétrica mansión donde viven un anciano maestro juguetero y su mujer, en realidad un par de hechiceros que castigarán a los malvados y salvarán y unirán de forma inequívoca a los puros de corazón.

No me miren así. La descripción de personajes es más maniquea que el catálogo de villanos de la filmografía de Steven Seagal, pero Dolls plantea toda su fuerza, desde su mismo arranque, en reforzar el tópico más que en esquivarlo. La noche eterna, la tormenta inagotable, las víctimas desvalidas, los hechiceros letales pero juiciosos y el cerval pánico, humanísimo y que se remonta al principio de los tiempos, a los objetos inanimados pero antropomorfos, son sólo algunas de las cuestiones sobre las que Dolls no discursea (por suerte: la serie B, ¿recuerdan?), sino que se reboza en ellas, sin replanteamientos ni afán reformulador. Le sienta estupendamente esta actitud, aunque los espectadores más curtiditos podamos ceder en algún momento a la tentación de escupir algún comentario listillo o chascarrillo irónico.

Así, Dolls oscila continuamente entre enunciar tópicos y fórmulas conocidos por todos y, al mismo tiempo, usar esa misma insistencia a su favor, desvelando temores que, por lo básico, son casi metafísicos. Por ejemplo, y enumero paradigmas del pánico: al principio de la película, la niña imagina que su oso de peluche (1), convertido en un juguete gigante (2), rasga (3) su cuerpo falso (4) y descubre (5) un oso real y monstruoso (6), que mata a sus padres (7). Al pánico por la acumulación, y aunque no siempre funciona como debería (un recurrir algo menos a cuestiones gastadas, un usar decorados algo menos pobres que los de Re-Animator –-los exteriores son incredibilísimos- no habría estado mal), la duración de 78 minutos escasos convierte a la película casi en un episodio largo y anecdótico de Cuentos Asombrosos (de los buenos), con ocasionales apuntes de gore de intensidad media-alta y buenas ideas. Algún que otro flash de ingenio compensa las interpretaciones adormecidas y los bandazos de guión, como el fugacísimo momento en el que la luz de los truenos convierte la cabeza del anciano en un cráneo, o ese ridículamente terrorífico plano de la anciana paseando en un carricoche a una muñeca. Posiblemente, muerta.

Por supuesto, salvemos siempre las escenas con muñecos asesinos a bordo: al ser éstos los desencadenantes de la violencia, se trata de secuencias carentes de impacto físico, bañadas en una atmósfera lúdica levemente obscena. Todas se desarrollan a esa infravelocidad tan propia de la serie B, de montaje moroso y abundancia de planos de relleno. La muerte de la madrastra o la punkette morena son casi desesperantes en ese sentido, pero benefician al ritmo pegajoso que imponen los muñecos y su absurdo tamaño. Los minicadáveres que esconden los pequeños psicópatas bajo sus rostros de porcelana, o la temida aunque bien resuelta conclusión cíclica son más detalles que hacen de Dolls un clásico menor: una pieza, en fin, muy a tener en cuenta por los obsesos por el lado tenebroso de la infancia (aquí), fans de Yuzna (sip), amigos de la Full Moon (presente) y, en general, gente poco decidida a replantearse que hay películas de terror que ya no se volverán a hacer (sigh… servidora).

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