Kill Theory


Kill Theory
Chris Moore
2009

Se dice, siempre con tonito autosuficiente (no confundir con «tonesito autosuficiente»), que el slasher es el equivalente al porno en el cine de terror: películas sin más argumento que el que ambienta la acción (y sí, consideramos que vestir a una treintañera con traje de animadora es «argumento») y de pretensiones artísticas devaluadas, en busca siempre del impacto directo y la maximización del masaje glandular. La autosuficiencia sobra, porque ya querría la comedia romántica o el biopic histórico gozar de una variante desprovista de ataduras circunstanciales más que las autoimpuestas. Y si ya cualquiera concibe con facilidad el visionado de porno sin necesidad de justificaciones post-lo que toque («mira, mira, que aquí Traci aún era una pimpina»), también recomiendo al aficionado al cine de terror más o menos curtido la revisión ocasional de slashers sin buscarle las cosquillas al asunto. Fuera reflexiones metagenéricas como el Halloween de Rob Zombie, fuera brutalidades con aureaola de culto como The Burning, fuera los siempre extravagantes japoneses, fuera derivaciones con toques de humor, con giros finales chiquilicuatrescos. Supongamos que la saga Viernes, 13 es demasiado autoconsciente, demasiado depurada. ¿Qué nos queda?

Nos quedan películas como Kill Theory.

Kill Theory agarra a un puñado de adolescentes, un entorno cerrado, un límite de tiempo, un psicópata con una justificación absolutamente peregrina, y que empiecen los gritos, las heridas de arma blanca, las traiciones, las conversaciones desquiciadas, los sustos subrayados con la banda sonora y los planos inclinados. Es un ejercicio de devoción y conocimiento: ¿estás tan loco por el género que puedes soportar hora y media de violencia paniaguada con diálogos infrahumanos y rubias que no saben ni gritar? La respuesta, al menos en mi caso, es sí. Me he comido Kill Theory con patatas porque estamos en 2009, y tampoco es tan habitual toparse con un slasher que solo quiere algo de la buena y vieja sartenada de jóvenes universitarios enfrentándose a un viejo malencarado que quiere sesgar sus borracheras y su insultante alegría de vivir. Malditos sean. Sin complicaciones, sin dobles lecturas, sin contraplanos autorales.

Como el porno, no es algo que estaría viendo a diario, pero qué demonios. Una rubia en tetas haciendo burbujas en un charco de sangre es una imagen que nunca debemos olvidar del todo.

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