Dread

Dread
Anthony DiBlasi
2009

La materia prima de Dread, un cuento perteneciente a los Libros Sangrientos, es pura destilación cerebral de Clive Barker: un estudiante de magnético atractivo para quienes le rodean investiga los límites del miedo y el dolor. ¿Dónde acaba la autodefensa de la psique y comienza la agonía física pura? ¿Dónde el miedo deja de ser un condicionante personal y empieza a ser un veneno paralizante? La adaptación de Dread de Anthony DiBlasi producida por el propio Barker indaga en esas cuestiones con una estética de producción indie y sin andarse demasiado con monsergas ni distracciones.

Según qué adaptaciones de Clive Barker se han tropezado demasiadas veces con el mismo problema: muchos de sus textos son descripciones de estados mentales o, en este caso, la persecución e investigación de un estado mental muy escurridizo. Las adaptaciones sólo salen bien libradas cuando parten de uno de los escasos textos de Barker que no siguen ese principio (como la estupenda El Vagón de la Muerte) o cuando una pirueta narrativa o estética les permite sortear el obstáculo. Por ejemplo, los cenobitas de la novela corta Hellraiser apenas se describen con detalle: fue cosa de la adaptación fílmica el respetar esa vaguedad dándoles una corporeidad muy específica, pero reservándoles el mismo papel que el del texto, el de personificaciones del placer y el dolor. Por desgracia, Dread no tiene tanta suerte, tanto valor o tanto talento.

Dread es una película interesante: bien escrita y filmada con nervio, sin altibajos y con personajes fascinantes (tanto los heredados de la fuente original como los que no: a mí me gusta especialmente la chica con la marca de nacimiento que le ocupa medio cuerpo), tiene el problema de no poder indagar en los procesos mentales de sus criaturas con tanto detalle como el soberbio relato en el que se inspira. Así, a veces verbaliza demasiado, y racanea en secuencias tan potentes como las que conciernen a los traumas y miedos de sus personajes femeninos. En su segunda mitad, Dread deja el parloteo de lado y nos obsequia con un carrusel de psicologías traumadas muy estimable, pero para entonces la conclusión del espectador está clara: o me das pornotortura o dejas las abstracciones para los turbios entrelineados de los cuentos del maestro Barker.

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