Outlander

Outlander
Howard McCain
2008

Como furibundo y reconozco que algo injusto detractor de la fantasía heroica que he sido desde siempre, me acerqué a Outlander con toda la precaución de la que fui capaz. El infausto recuerdo de cualquier película de dragones que me viene a la cabeza (incluída, por qué no, El Caballero del Dragón, con la que Outlander tiene inquietantes nexos de unión argumentales) me hacía desconfiar de sus valores, pero un par de voces amigas insistieron en que le diera una oportunidad a la película de Howard McCain, que le encontraría virtudes más que suficientes.

Y vaya si las encontré. Outlander parte de un espíritu de genuína explotación de los ochenta (un cosmonauta del futuro cae con su nave en Noruega durante la Edad Media, trayendo consigo una amenaza mortífera que, obviamente, es confundida con un dragón) pero, sin embargo, esquiva con gusto los lugares comunes que habrían hecho de la película una soporífera genuflexión más a la moda generada por El Señor de los Anillos. Por ejemplo, el futurista encarnado por James Caviezel con adusta convicción no se pasa la película usando tecnología de su época para que los vikingos le teman y respeten, sino que conociendo sus costumbres e idioma, procura adaptar su discurso e intenciones a lo que ellos creen y saben. Es decir, la aburrida mecánica narrativa del pez fuera del agua, simplemente, se ignora. Para alivio de todos.

Se nota que Outlander quiere ser una película relativamente seria: nada de humor en su metraje, diálogos secos y breves, largas y violentas secuencias de acción sin grandes aspavientos… y sin embargo, su naturaleza exploit la encadena al estilo de una italianada de los ochenta, más que a algún éxito reciente. Es decir, está más cerca de Los Bárbaros o Ator el Poderoso que otra cosa, pero siempre para bien: la desvergüenza que por esa vía le lleva a plantear un clímax en unas cuevas subterráneas dan personalidad y credibilidad al monstruo, y también le otorgan de un insólito e inesperado carácter empático. A pesar de su consciencia de estar manejando iconos, tópicos y juegos del teléfono estropeado, Outlander parece rebelarse contra su propia naturaleza, y brilla en soluciones de guión tan sensatas y honestas construídas como la trampa que el pueblo construye contra el dragón, el flash-back que explica el origen de su raza o el citado clímax final, llena de imágenes que Giger firmaría orgulloso.

Una respuesta

  1. Totalmente de acuerdo con los referentes que cita. Añado otro que también tenía mucho de bastardo: aquel ‘ADN’ con Mark Dacascos.

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