Infestation

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Infestation
2009
Kyle Rankin

De Infestation tengo poco o nada que decir: una película de cucarachas gigantes que transcurre plácida, rebosante de humor obvio, asimilando mecánicas de las películas de zombis de última hornada (esas urbes desiertas) y en la que nadie se cree nada, ni los actores ni, por supuesto, los responsables. Determinados momentos de brutalidad antibíchica tienen un pase, pero como ha dicho PJ Tena, parece un piloto de serie desangelada de los noventa.

La traigo aquí porque, aún con sus fallas, Infestation me ha hecho pensar en por qué las películas de bichos rebeldes, salvo la fundacional Los Pájaros (y Tiburón, aunque funciona en otro registro) poseen casi siempre un deje paródico, por qué cargan las tintas, por qué les resulta tan complicado tomarse a sí mismas en serio. Piraña, a pesar de su condición de exploit de Tiburón, ya tiraba por ese camino, y la última oleada de películas de naturaleza rebelde (encabezada por la soberbia Arac Attack, pero con muestras tan estimables como Bats o Mandíbulas) tiene un acusado tono irónico, chascarrilloso o directamente humorístico, cuyo pseudo-culmen, en algún sentido, supongo que es Serpientes en el avión. ¿Por qué? ¿Por qué al cine de terror le cuesta tomarse en serio la venganza de la naturaleza en su facción biológica? (Sí, sé que hay ejemplos, pero coincidiremos en que son la excepción, no la regla).

Mi respuesta, bastante improvisada, es que al cine de bichos rebeldes le cuesta ser metafórico con la facilidad con que lo hace al resto de los subgéneros del cine de terror. Salvo casos excepcionales, como esas dos mencionadas Tiburón y Los Pájaros, que tienen una demoledora fisicidad la una, una aterradora tendencia a la abstracción la otra, y que emplean a la Naturaleza como espejo de las relaciones humanas y sus carencias, el cine de bichos huye de las imágenes. Una película de cucarachas es una película de cucarachas. El cine de zombis, no sé quién quedará por saber esto, es simbólico por definición desde su misma fórmula; el cine de monstruos es un reflejo de nuestros temores; el cine de psicópatas, una mirada al abismo moral que nos separa de los animales. El cine de cucarachas es solo el reflejo del asco que nos dan las cucarachas. Y parece que conscientes de ellos a sus responsables les cuesta arremangarse y ponerse serios. Es una pena, porque el cine de bichos lo tiene todo para aterrar, precisamente por su imposibilidad para las dobles lecturas y la sociología de chichinabo: el horror que produce una cucaracha es puro, es genuíno horror a lo desconocido, a lo incomprensible. A los monstruos que tenemos aquí mismo, correteando bajo nuestros pies. No hacen falta fantasías gigantistas ni excusas argumentales: el cine de animales desbocados puede dar pie a la película más aterradora de nuestras vidas.

Sigo esperándola.

2 comentarios

  1. Bellamente escrita.

  2. pero… ¿lo del cartel de la peli no son escarabajos? Tanto asco dan las cucas, que ni siquiera aparecen en el cartel?

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