Experimento Mortal (Isolation)

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Isolation
2005
Billy O’Brien

Leí hace tiempo un clasiquito splatter de Matthew Stokoe, Vacas, hoy agotado y complicadillo de encontrar, y me topé gracias a él (entre otras muchas cosas: merece que lo relea y lo cuente por aquí) con el súbito descubrimiento de que me incomoda y aterra profundamente el ambiente enrarecido y sin alma de los lugares donde son criados, cebados y ejecutados los animales que nos sirven de alimento. Ellos como seres vivos que acaban desintegrándose en nuestros estómagos, y los lugares donde se lleva a cabo ese proceso, desde la granja a la carnicería pasando por el matadero, son posiblemente una parte de mi vida con la que no me quiero enfrentar. Soy carnívoro, y bien que lo disfruto, pero no quiero saber qué tiene que pasar para que esa situación se prolongue. Y no por pena, como le pasa a tantos vegetarianos. Por miedo.

Aunque me gusta toda la serie, más o menos sin excepción, reconozco que hay un punto de raquítico verismo en la primera entrega de La Matanza de Texas que me cautiva y me horroriza. No es la sordidez de la imagen, no es la abstracción del ritmo que se gasta. Es, posiblemente, la aplicación a personas de herramientas destinadas al sacrificio del ganado (la motosierra, el martillo, el gancho de colgar reses) lo que hace que esa película se mantenga arriba, sin desgaste alguno, en mi panteón de intocables horrores puros. Experimento Mortal anda por otros derroteros, pero es imposible no pensar en el clásico de Tobe Hooper viendo esta áspera y rotozona película de Billy O’Brien, aunque pone en duda aquello que dicen tanto de que los peores monstruos somos nosotros mismos. Y una mierda. Los peores monstruos son nuestro ganado. Lo comprobamos en Experimento Mortal, con una economía de medios y de expresividad muy notables, viendo cómo un granjero (John Lynch) descubre que la experimentación destinada a multiplicar la fertilidad de sus vacas ha transcurrido por derroteros inesperados: un ternero aloja en su interior los embriones de una raza de feroces vacas mutantes que comienzan a atacar a quien se encuentra por los alrededores.

Es fácil menospreciar Experimento Mortal. Es tan fácil como decir que el argumento, la acción y el conflicto no dan para tanto: en Experimento Mortal no pasa, literalmente, nada. Aparecen los embriones, uno crece demasiado, masacre y fin. Sin embargo, y dejando aparte los aciertos formales de la película, que los tiene en abundancia (escasez de personajes, ambientación de innecesaria sordidez extrema, arritmia voluntaria, sencillez rozando la abstracción, encomiable renuncia a caer en la trampa fácil de la alegoría vírica, un gusto exquisito en el diseño y la ejecución de los monstruos), para mi experiencia personal hay algo más: todos esos bichos, ese asco, surge de los animales, de esas vacas monstruosas como dioses paganos ajenos a nuestros dramas. Pero surge de de forma natural. Es cierto, hay experimentos que han transtornado los organismos vacunos, pero toda la monstruosidad y el horror que exudan escenas como la que abre Experimento Mortal, la famosa escena del parto, tienen un aliento de normalidad dentro de su deformidad aberrante que conectan a mazazos con esa parte de mí que insiste en visualizar monstruosidades en lo que no es más que Naturaleza.

Porque, insisto, me aterra.

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