Politicamente Inaceptable 4

viullemin

Les Sales Blagues de l’Echo Tome VII, Les Sales Blagues de l’Echo Tome VIII
1998-1999
Vuillemin

Antonio Trashorras me vio leyendo el cuarto tomo de Políticamente Inaceptable, con los que Norma está recopilando los tomos de Les Sales Blagues de l’Echo franceses, y me hizo una observación en la que yo ya había caído: la lujosa edición de la editorial catalana, con sus tapas firmes y su papel satinado, sus colores brillantes y sus créditos bien claritos, conforman una contradicción agudísima con el contenido de las historias de Vuillemin, feísta y atroz hasta los límites, como dice bien claro el título, de lo aceptable. Uno imagina la edición premium de las obras completas de Vuillemin con las páginas acartonadas, amarillentas y cayéndose a cachos ya desde la misma imprenta. Es su naturaleza.

Aunque en Francia el humor de tono grueso sigue publicándose en revistas de humor como la Charlie Hebdo, heredera de Hara-Kiri, en España las publicaciones equivalentes (El Jueves en cabeza) practican un humor mucho más aguado. Quizás por nuestra tendencia a la sátira, a que haya un fondo tras la forma, se nos puede escapar la grandeza de un autor como Vuillemin, que es todo forma. Una forma que supura pus y residuos, actitudes miserables y humanidad en el sentido más escatológico de la palabra, pero forma al fin y al cabo. Obstinado en presentar su humor de la forma más elemental y más drástica posible, Vuillemin puede toparse con la incomprensión de quienes le consideren un mero transmisor de chistes cerdos, pero hay en su obra un constante rebajar la dignidad de sus monigotes hasta un punto en el que son, única y exclusivamente, humanos con pulsiones y deseos a ras del suelo, que al final y en última instancia, Vuillemin se convierte en un humorista mucho más honesto que quienes buscan en la política, en la sociedad o en la psicología de baratillo una justificación para sus gags.

Curiosamente, el humor de Vuillemin, a pesar de la temática garrafal de sus chistes, es de una precisión insolente, casi académica. Su obsesión con el remate de los chistes en la última viñeta, su planificación siempre funcional y su grafismo que, insistimos, no tiene parangón con nada que se publique actualmente en términos de voluntarioso feísmo extremo, le convierten en un humorista puro y sin aditivos. Da la sensación de que la obra de Vuillemin debería enseñarse en las escuelas de arte para adoctrinar a los aprendices en términos de estructura y ritmo. Pero aconsejo precaución: la sobreexposición a la honestidad brutal del coautor de Hitler = SS puede hacer pensar al lector, como me ha acabado pasando a mí que, en un mundo justo, en realidad donde debería explicarse y entenderse a Vuillemin es en las otras escuelas. Y ahí ya sí que estamos entrando en materia peligrosa.

 

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