Máxima Ansiedad

Maxima_ansiedad

High Anxiety
1977
Mel Brooks

Dice el anecdotario de rigor que a Alfred Hitchcock himself le entusiasmó Máxima Ansiedad, y que llegó a regalarle una botella de vino a Mel Brooks en agradecimiento por el paródico homenaje que le dedicó en la película. No me extraña lo más mínimo, del mismo modo que no me extraña que la crítica más enjuta le diera la espalda en bloque a la película: al fin, y al cabo, los criticos no somos más que lectores de obras ajenas. Los directores de cine son creadores de espacio, y Hitchcock supo apreciar perfectamente cómo Brooks había mangoneado el suyo para hacerlo propio.

Máxima Ansiedad se describe a menudo como una parodia de las constantes argumentales hitchcocknianas, y desde luego ésa es su columna vertebral. Un psiquiatra que padece vértigo (Mel Brooks) y llega a un hospital para sustituir a su antiguo director es erróneamente acusado de un crimen que no ha cometido. Casi nada: Recuerda, Vértigo y media docena de tramas de falsos culpables reunidas en una sinopsis de una línea. Sin embargo, y a pesar de su saltarina relectura de las constantes literales del cine de Hitchcock (casi me caigo de la silla cuando el recepcionista de un hotel dice haber constestado a una llamada de un tal señor McGuffin), Máxima Ansiedad es una producción mucho más inteligente que un simple sacar punta a los juegos malabares narrativos del director de Psicosis. Del mismo modo que el propio cine de Hitchcock era algo más que rubias maquiavélicas y falsos culpables con cara de pasmo.

Mel Brooks ya se había revelado en El Jovencito Frankenstein como un destructor de la ilusoria percepción del espectador de los espacios fílmicos. Constantemente machaca el lenguaje cinematográfico construyendo gags cuyo punchline es, simplemente, un plano que se abre mediante un zoom y que pervierte lo que se nos escamoteaba con un plano medio o primer plano. En El Jovencito Frankenstein este tipo de gag tenía un aire anacrónico, contrastando con la estática planificación de las películas de los años treinta a la que argumento y estética referenciaban. En Máxima Ansiedad va un paso más allá: desbarata la propia imagen del director parodiado, reventando los travellings, encuadres y planificación que hicieron famoso a Hitchcock. La cámara que rompe un ventanal (y luego rompe una pared, con un par de atribulados operadores a los que no vemos y que comentan que se van a llevar la cámara en silencio y aquí no ha pasado nada); los golpes de banda sonora que hacen girarse espeluznados a los personajes, cada vez hacia posiciones de encuadre más inverosímiles; el chófer ampliando hasta el absurdo una fotografía que esconde una pista; la cámara espiando a los villanos de la película desde debajo de una mesa de cristal y esquivando el menaje del té (y obligando al espectador a cuestionarse su papel como observador, de forma conscientemente más leve, pero partiendo de las mismas bases y llegando a similares conclusiones que el cine de Hitchcock); incluso el cargado de significados «Qué aeropuerto más dramático» que murmura Brooks al espectador después de atravesar un montaje de primeros planos, planos subjetivos, planos inclinados y primeros planos cuya única intención  es… ninguna. A través de la descontextualización, Brooks está dinamitando el lenguaje del cine de Hitchcock y, al mismo tiempo, reconociendo que su cine era algo más que argumentos ligeros de serie negra. No es de extrañar que Hitchcock se sintiera tan satisfecho con la Máxima Ansiedad: Brooks entendió mejor que muchos críticos que el lenguaje cinematográfico tiene que ser siempre una bofetada rotunda y desestabilizadora.

6 comentarios

  1. Es curioso que las primeras películas de Brooks explorasen tanto la forma como chiste (y el plano nadir bajo la mesa con la vajilla es el mejor ejemplo de ello) y poco a poco se fuese abandonando. Inmediatamente después, “La loca historia del mundo” está mucho menos cuidada.

  2. Es mi peli de Mel Brooks favorita.

  3. Una de mis favoritas también, Absence.

    Henrique, sí que es curioso como se descuidó. La Loca Historia del Mundo es de las que menos me gustan a mí, pero cuidado con La Última Locura: es pura forma.

  4. Es que la parodia brooksiana se basa en contaminar el lenguaje hasta límites insospechados. En una pirueta beckettiana, Woody Allen nos descubrió que tras las Sombras y Niebla expresionistas sólo hay un lamento cómico.

    En las de Mel Brooks descubrimos que toda chorrada a costa de la Historia del Cine nos lleva hacia algún lugar nuevo. Maravilosa crítica.

  5. Es que La última locura es inmediatamente anterior, por eso lo digo.

  6. Me compré el DVD hace un año y recuerdo que me reí a rabiar. Hay que revisitarla.

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